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Tras el terremoto: cómo la pedagogía de emergencia en Venezuela aporta a la recuperación de la confianza

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El 24 de junio, dos fuertes terremotos sacudieron el norte de Venezuela. Más de 6.500 personas perdieron la vida y 18.000 se quedaron sin hogar. Muchas no solo perdieron su hogar y su vida cotidiana, sino también a sus seres queridos. En julio, nuestra compañera Fiona Bay viajó a Valencia junto con cuatro pedagogos/as de emergencia de Sudamérica para llevar a cabo una misión de doce días. El objetivo era ofrecer allí mismo una formación para formadores, reforzar a largo plazo las estructuras locales y, al mismo tiempo, trabajar de forma práctica con las personas afectadas por el terremoto.

“Esta semana he podido redescubrir algo de mí misma que hacía mucho tiempo que no sentía”, cuenta Julia, madre de Miguel, un niño con autismo, sobre sus experiencias tras nuestra intervención de pedagogía de emergencia en Venezuela. Los numerosos cambios que trajo consigo el terremoto suponen un reto, especialmente para los niños con autismo. Para las madres, esto hizo que el acompañamiento a los niños fuera aún más intenso. Por ello, parte de la intervención de pedagogía de emergencia se llevó a cabo en un centro cultural, donde los niños también reciben apoyo habitualmente.

Tras un suceso tan devastador como un terremoto, aunque las labores de rescate y salvamento suelen concluir al cabo de unas semanas, la magnitud del daño psicológico no suele hacerse evidente hasta semanas más tarde.

La intervención, dirigida por Fiona Bay, comenzó con un curso de formación: durante tres días, 85 personas de diferentes ámbitos profesionales —psiquiatras, médicos, enfermeros, pedagogos, terapeutas psicosociales, trabajadores sociales y payasos humanitarios— se reunieron para recibir una introducción a la pedagogía de emergencia. Además de ayudar a los profesionales a adquirir conocimientos especializados sobre psicotraumatología y pedagogía de emergencia, la formación les ayudó a aliviar su propia carga emocional. Leticia Rea, participante en la formación, describió la experiencia como “muy enriquecedora y muy sanadora para calmar nuestros sentimientos de miedo y angustia”.

Tras la sesión introductoria, se llevaron a cabo seis días de trabajo práctico con más de 1.100 niños, jóvenes y adultos afectados por el terremoto. Durante la fase de trabajo práctico, once futuros pedagogos de emergencia de Venezuela acompañaron al equipo internacional en el marco de un aprendizaje en medio del desarrollo del trabajo. Además, otros profesionales del ámbito de la salud mental, que habían participado previamente en la sesión introductoria, se unieron al equipo para familiarizarse con la aplicación práctica de la pedagogía de emergencia. Los lugares de intervención fueron un centro cultural en el que se atiende a niños autistas y a sus familiares, así como en espacios de alojamientos de emergencia para desplazados internos de la región de Morón y el entorno familiar de una comunidad afectada por la pobreza y el terremoto cerca del sector de Valencia.

En el centro cultural, las madres se mostraron sorprendidas por los cambios positivos que observaban en sus hijos. Contaron que sus hijos con autismo estaban mucho más tranquilos y equilibrados, dormían mejor y acudían a las sesiones con alegría y disposición. Al mismo tiempo, los propios familiares también recuperaron la tranquilidad, el equilibrio y el bienestar, ya que volvían a disponer de un poco de espacio y tiempo para sí mismos.

Renata, terapeuta artística y pedagoga de emergencia de Argentina, trabajó con madres y niños utilizando, entre otros materiales, la cera de abeja: “Durante el proceso de amasar, una madre, estimulada por el olor, recordó que su abuela había utilizado esa cera para encerar los hilos con los que cosía zapatos. Ese recuerdo olvidado se convirtió en un recurso biográfico para ella.“

La cera de abeja también logró abrir puertas internas que llevaban mucho tiempo cerradas en un niño con autismo. Al estimular el sentido del tacto y gracias al calor generado al amasar, se reavivaron sentimientos de seguridad y confianza. Los niños también empezaron a hacer bolitas y a jugar entre ellos.

Una estudiante del Seminario Waldorf de Venezuela describe su trabajo en uno de los refugios de emergencia: Era voluntaria en el grupo que acompañaba a niños de entre 0 y 7 años. Para poder llevar a cabo nuestras actividades en ese lugar, era necesario crear un ambiente en el que los niños se sintieran bienvenidos y en el que pudiéramos estar juntos en un ambiente de bienestar y confianza. Como allí solo había un único árbol que daba sombra, limpiamos el espacio que había debajo. Cada día, una de mis primeras tareas consistía en colocar varios metros de lona en el suelo y extender sobre ella un paño grande de color rosa y otro de color azul claro. Allí podíamos sentarnos más tarde con los niños y dibujar, tejer, cantar o contar historias juntos. Preparar cada día, en solo cinco minutos, este espacio protegido y acogedor para el encuentro con los niños fue para mí como el regalo de un instante lleno de magia en su día a día, a menudo tan duro. Era como si pudiéramos pintar en su paisaje, en sus rostros y en sus corazones un mundo lleno de colores y alegría.”

A pesar de las difíciles condiciones y de la necesidad de abordar con delicadeza los posibles traumas, las personas de la zona demostraron una fuerza impresionante a la hora de buscar apoyo y crear redes. En este sentido, la reunión de profesionales interdisciplinares en el marco de la formación para multiplicadores permitió una colaboración que fue más allá de la propia intervención.

Para el otoño está prevista otra intervención con el fin de seguir acompañando y profundizando en el trabajo de los equipos locales.

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