Cuando comenzamos nuestro trabajo, la presión estatal y el trabajo oculto asociado a ella nos parecían el mayor obstáculo. Sin embargo, muy pronto se hizo evidente algo más profundo: fueron nuestras percepciones sobre los niños las que nos hicieron reflexionar. Niños que aparentemente lo tenían «todo», pero que dormían inquietos, parecían cautelosos y temerosos cuando jugaban, cuya alegría de vivir parecía apagada, como si se hubieran retraído un poco en sí mismos. Para encontrar las causas, primero tuvimos que hablar con los padres. Sus preguntas se repetían una y otra vez de forma similar: ¿Por qué la televisión y el móvil no deben estar siempre disponibles? ¿Por qué hay que aprender a leer y escribir en el momento que determina el profesor? ¿Por qué no debemos «dejar en casa» a un niño cuando no quiere ir al colegio? ¿Por qué no puede quedarse todo el día en el jardín jugando?
Estas conversaciones nos llevaron a temas fundamentales. Nos dimos cuenta de que las condiciones sociales influyen profundamente en nuestra concepción de la libertad. Nosotros mismos, tanto padres como educadores, apenas hemos podido experimentar la libertad social de forma estable y real. Muchos padres abordaban el tema de la libertad con gran tensión, a veces incluso con ira, e inconscientemente intentaban compensar en la educación lo que ellos mismos no habían experimentado. Las protestas políticas, la represión y los arrestos domiciliarios hacían que el concepto de libertad fuera una necesidad más urgente y, al mismo tiempo, más confuso. Muchos decían: «Nosotros no tenemos libertad, al menos que mi hijo sea libre».
Poco a poco nos dimos cuenta de que la libertad no surge ni por el simple hecho de soltar o por ceder demasiado pronto las decisiones. Crece allí donde el pensamiento y la acción maduran paso a paso, sobre la base de una responsabilidad propia que surge en el propio ser humano. No es una restricción que los adultos asuman responsabilidades que un niño aún no puede asumir; es un requisito previo para la posibilidad de la libertad.
Al mismo tiempo, muchos adultos temían que la autoridad se confundiera con una sumisión ciega. El «liderazgo» se convirtió en objeto de sospecha. Así, a los niños se les dieron opciones que iban mucho más allá de las posibilidades correspondientes a su etapa evolutiva, hasta llegar a decisiones que afectaban a la familia o a su propia escolaridad. Lo que se pretendía que fuera libertad, sobrepasaba a los niños. Parecían desorientados e inseguros. En nuestro Kindergarten pudimos percibirlo claramente: niños que no confiaban en sus educadores, que no reaccionaban al cantar, que miraban confusos o que seguían jugando como «ausentes». Tardamos mucho tiempo en convertir una convivencia aislada en una convivencia sólida. La pérdida de un punto de referencia fiable significa para un niño no solo la falta de confianza en los adultos, sino también la incertidumbre respecto al mundo en sí.
Poco a poco fuimos comprendiendo que, para que el niño pudiera realmente vivir el cambio, los adultos debían replantearse y redefinir conceptos como libertad, cuidado, autoridad y sencillez en su propia vida cotidiana. Por eso, nuestro camino se convirtió en un camino compartido con las familias. Creamos un lenguaje común: no hay que confundir libertad con abandono, ni cuidado con control. Un niño no necesita un margen de decisión ilimitado, sino ritmo, límites claros y una persona de referencia fiable. Intentamos entender la autoridad no como poder, sino como una presencia responsable y sostenedora.
Hoy, después de más de cinco años, nos hemos convertido en una comunidad de unas sesenta familias. Soportamos amenazas, reparamos techos derrumbados tras fuertes lluvias, superamos dificultades económicas y, finalmente, hemos podido adquirir juntos el terreno en el que se encuentran nuestras instalaciones.
Si tuviera que resumir el resultado, diría lo siguiente: en Irán no nos preocupábamos tanto por implementar un «modelo» Waldorf, sino que nos vimos obligados a replantearnos sus fundamentos humanos: cómo un niño gana confianza en el mundo, cómo se forma su voluntad y cómo la libertad surge de la lenta maduración del pensamiento y la acción.
Arefeh Rezvanmanesh

