Hice varios intentos de escribir este reporte. Siempre disfruté de escribir, pero desde el terremoto se me hace muy difícil. Como la vida en sí se volvió más difícil.
Hatay ha atravesado varios terremotos a través de los siglos pero nosotros sufrimos el más violento. Sin embargo, la vida está llena de sorpresas: nunca se sabe qué puerta se abrirá. Luego del terremoto del 6 de febrero de 2023, nuestras vidas cambiaron rotundamente. Sentíamos que había llegado el apocalipsis. Todo lo que conocíamos había desaparecido: nuestras casas, nuestra gente, nuestra ciudad... Era como si estuviéramos atrapados en una pesadilla de la que no podíamos despertar.
Cuando comenzaron los temblores, pensé que se trataba de un terremoto leve. Me envolví en una manta e intenté calmarme, con la esperanza de que pasara rápidamente. Pero eso no sucedió. La tierra temblaba con tanta fuerza que parecía como si alguien estuviera arrancando el suelo bajo nuestros pies y nos estuviera lanzando al vacío, para luego volver a atajarnos. Apenas nos salvamos. En ese momento estaba lloviendo y recuerdo que yo no tenía puestas las zapatillas de casa. Luego se escucharon voces, gritos, llamadas de auxilio... y los truenos anunciando el siguiente temblor. Finalmente, amaneció. Regresamos al pueblo con los heridos y nos instalamos en el invernadero de un vecino. Estuvimos en ese lugar durante días, con unas 30 personas más. Hacía mucho frío y las réplicas del terremoto eran tan fuertes que yo ya no tenía esperanza de sobrevivir. Cada día me despertaba con la sensación de que ese día nos íbamos a morir. Y con esa misma sensación me iba a dormir, si es que eso se podía llamar dormir.
Un par de días después del terremoto, una conocida me dijo que quería organizar talleres para niños en la ciudad y en los pueblos de los alrededores junto con otras personas. Me sumé a ellos. Era difícil ver la ciudad en ruinas.
Fundamos una iniciativa que llamamos “Blue Birds”. Íbamos de pueblo en pueblo y nos reuníamos con los mismos niños cada semana, a la misma hora. Día a día, de camino al pueblo, yo lloraba entre los escombros. Pero mientras jugábamos con los niños, me sentía feliz: experimentaba la fuerza curativa de los/as niños/as. De regreso, lloraba otra vez.
En la segunda semana, los niños nos miraban con ojos brillantes y nos preguntaban: “¿Van a volver?” Todo el esfuerzo había valido la pena, ya solamente por eso. En ese momento pensé: “Este es el sentido de mi vida. Por esto vivo, y como no morí en el terremoto, haré todo lo que esté a mi alcance.“
Un día recibí un llamado de un número desconocido. Una mujer decía que había escuchado acerca de “Blue Birds” en la radio nacional. Ella pertenecía a un gran equipo que había venido a Hatay y quería encontrarse con nosotros. La invité a mi casa.
Ahí supe que se trataba de un equipo de pedagogía de emergencia, compuesto por doce personas de Alemania, Irak y Turquía. Me preguntó de qué forma podrían apoyarnos, ya que muchos niños del centro de la ciudad habían llegado a nuestro pueblo. En comparación, nuestro pueblo no había sido tan afectado por el terremoto. Yo les mostré todo el pueblo y los llevé luego a la escuela. Al día siguiente hicimos un anuncio a invitamos a todos los niños. Vinieron muchos.
En ese momento me llamó mi jefe y me pidió que regrese a mi trabajo, por lo que recién al tercer día me pude sumar al equipo de pedagogía de emergencia. Cuando regresé los niños de pronto se estaban teniendo de las manos, formaban un círculo y cantaban. Yo también participé y acompañamos con gestos a las palabras “sobre mí el cielo, debajo de mí la tierra y aquí estoy yo“.
Por primera vez luego del terremoto comencé a mirar el cielo sin temor, durante el día. Ese día, encontré el lugar en el que quería estar. Decidí unirme al equipo de pedagogía de emergencia y participé de las formaciones. Un día me contaron que querían conformar un centro de protección de la infancia en Hatay y me preguntaron si yo quería colaborar. Acepté sin dudarlo.
Encontramos rápidamente un sitio que transformamos en un sitio de protección de la infancia, en el cual los niños y las niñas puedan sentirse como en casa. Desde el comienzo recibimos a cientos de niños y hasta hoy, comenzamos y cerramos con ellos cada día. Espero poder pasar toda mi vida con niños y tener la posibilidad de sanar nuestras heridas junto con los niños, frágiles, inmaculados y sanadores.

