Actualmente hay 14 profesores comprometidos con el Proyecto Waldorf Kakuma, trabajando en los tres diferentes centros de protección infantil (Espacios para la infancia o Child Friendly Spaces). Ellos mismos también son refugiados que habitan en el campo de refugiados y proceden de diversos países de África Oriental. Diariamente ofrecen actividades pedagógicas a cerca de 300 niños y les proporcionan comidas como Porridge de avena, leche y galletas, lo que reviste especial importancia actualmente, dadpo que el financiamiento internacional ha menguado, causando una reducción en las raciones de comida en los campamentos.
Junto a Bellah Wachira y Mark Lokeny, directora y gestor del Proyecto Waldorf Kakuma, pasamos cuatro días en terreno, acompañando al equipo y llevando a cabo pequeños talleres para conversar sobre los logros, los desafíos y las posibles soluciones.
En Kakuma 4, uno de los múltiples sectores del campo de refugiados, el equipo tiene acceso a un espacio propio con una pequeña edificación para llevar a cabo sus actividades. La mayoría de las personas que viven aquí proceden de Sudán del Sur- En las actividades participan niños de entre 3 y 10 años. El día comienza con la ronda de la mañana, con cantos y movimiento. Luego reciben vasos de agua sentados en círculo, mientras cantan una canción. A continuación, los niños pueden pintar libremente. Claro que pintan principalmente plantas, campos de fútbol, casas y, por supuesto, personitas. Al cierre, regresan al círculo y comen juntos un Porridge de avena caliente.
Los colegas de la organización destacan la importancia y el valor que esta comida tiene para los niños. Una colega del equipo comentó: "A veces los niños no tienen energía para venir a vernos o participar en las actividades, están demasiado cansados para eso. Pero después de la comida, veo a muchos de ellos literalmente florecer y comienzan a jugar y correr llenos de energía".
En el centro de acogida de Kalobeiye, otra parte del campamento, el equipo carece de un espacio propio para trabajar y debe realizar las actividades pedagógicas al aire libre. Con cantos y tambores, se va armando el trencito matutino por el campamento y así el equipo va reuniendo a los niños y formando un gran círculo en el que el centenar de niños cantan, juegan y se mueven juntos. Después, se forman «pequeños trencitos» según los grupos de edad. Un grupo por vez, puede sentarse bajo la sombra de un pequeño árbol, mientras los demás grupos permanecen bajo el sol abrasador. Juegan, hacen collares de mostacillas, pintan, modelan con arcilla y cantan: durante unas horas, los niños pueden sumergirse en un mundo de juego, apartados de la rutina del campamento de refugiados. Al final reciben leche y galletas.
Los pedagogos y pedagogas trabajan en condiciones extremas: un calor insoportable sin sombra, fuertes vientos, suministro insuficiente de agua para ellos y para los niños, grupos enormes de niños sin un espacio adecuado y protegido. Además, los maestros deben enfrentarse a muchos otros desafíos: niños que tienen en brazos a sus hermanos pequeños, dificultades por la gran cantidad de niños que se amontonan para la distribución de alimentos, las barreras lingüísticas, cambios constantes de grupos de niños y las difíciles condiciones de vida en general de un campo de refugiados. Y, a pesar de todo, logran crear un marco pedagógico en el que los niños pueden simplemente ser niños. "Muchas veces me pasa que no quiero volver a casa, es deprimente. Trabajar con los niños aquí es como una medicina para mí", dice un colega local. Regresamos con muchas sensaciones e ideas para posibles nuevos proyectos, llenos de gratitud por la hospitalidad y el excelente trabajo que nuestros colegas están realizando allí.
Fabian Krämer
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