El trabajo fue especialmente perturbador desde el punto de vista de la seguridad sobre todo en las escuelas públicas. Las familias se encontraban bajo un estrés extrema y los niños se encontraban en un estado de caos completo, sin rutina o apoyo dirigido. Tenían una necesidad manifiesta de estabilidad y ayuda.
Por eso decidimos, en conjunto con las comunidades ofrecer medidas de pedagogía de emergencia y pedagogía del trauma dos veces a la semana. A través de eso pudimos ayudar a más de 100 niños refugiados, que se encontraban en diferentes escuelas. Además los solicitaron brindar apoyo en la zona cercana a Dahyeh a las afueras de Beirut, fuertemente afectada por los bombardeos. A pesar de todos los desafíos mantuvimos firme nuestro objetivo de brindar herramientas de la pedagogía de emergencia.
Cada día constituía una prueba para nuestra resistencia y nuestro compromiso. Las noches de insomnio y preocupación constante por nuestra propia seguridad, no lograron detener la continuidad de nuestro trabajo. Trabajamos con un coraje diariamente sabiendo que nuestros esfuerzos mejorarían considerablemente la vida de los niños y de las familias. Por ejemplo a partir de los dibujos pudimos interpretar las experiencias y emociones de los niños. Colores oscuros y expresiones de frustración agresión, timidez, introversión y temor reflejaban los traumas sufridos. A pesar del dolor se pudo manifestar el efecto positivo de nuestro trabajo con un sentimiento de alivio. El agradecimiento que nos llegó por parte de las familias y de los directores de escuelas a través de conversaciones fue sobrecogedor. Esperaban con ansia nuestras actividades y apreciaban mucho nuestro apoyo continuo. Las historias positivas que fuimos reuniendo durante nuestras intervenciones son una muestra de la fortaleza y la resistencia de nuestra comunidad.
A pesar de que el camino estuviera lleno de desafíos, la esperanza y el alivio que pudimos traerle a las familias hizo que el esfuerzo valiera la pena.

