“Desde el barrio pudiente de Ondina, andando por distintos caminos y pasajes, se puede llegar al cerro São Lázaro, donde se encuentra el Kindergarten del Projeto Salva Dor. El cielo suele estar azul como el mar, que desde arriba permite una vista al horizonte turquesa. El camino hasta el Projeto Salva Dor evidencia la lucha cotidiana de las personas por una vida digna. Se hace visible el hecho de que el estado prácticamente no proporciona infraestructura. Gracias a los ciudadanos, existen cestos de basura autogestionados, fachadas y techos improvisados, como también abastecimiento de agua y electricidad logrado por los propios medios.
En la mañana temprano empecé a caminar cerro arriba para visitar a las educadoras, las niñas y los niños del Projeto Salva Dor. Me encontré a habitantes de la villa que comenzaban el día laboral con muchas tareas y desafíos. En el medio de la calle vi a una mujer que ya se encontraba totalmente ebria siendo tan temprano. Seguramente para ella ese día no ofrecía ninguna perspectiva, ninguna tarea. En todo caso ninguna que pudiera llevar a cabo en la mañana. Sus cinco hijos de entre dos y doce años jugaban, desatendidos, supeditados a los riesgos de la calle de un barrio precario y vulnerable.
Al llegar al Projeto Salva Dor, me recibió un mundo totalmente diferente. Un espacio protegido de amor, de empatía, de cobijo. Era la hora de la siesta. Los niños ya habían comido y descansaban en sus salas de grupo bajo el cuidado de la educadora Rosângela. En la cocina, la cocinera Selma Ribeiro me contaba, con gran entusiasmo, lo que había para comer. Además me compartió la receta de un jarabe para la tos casero, que estaba preparando con hierbas y raíces de la región y que daba muy buenos resultados. Las colaboradoras en ese momento a mí me parecían verdaderos ángeles de la guarda para esos niños. Sobre todo, porque yo sabía que desde hace algunos meses, ellas trabajaban voluntariamente y la comida que servían, provenía en parte de sus casas.
Muchas situaciones se complicaron aún más a causa de la pandemia, incluso el trabajo de las educadoras del Projeto Salva Dor. Asociaciones estatales o privadas, así como otro tipo de cooperaciones colapsaron. Yo me preguntaba de dónde las educadoras generaban esa fortaleza y ese amor para continuar trabajando aquí y hacerlo con tal entrega para los niños y niñas. Posiblemente lo hacen porque saben precisamente lo que implica su trabajo para el desarrollo de cada niño y niña. Como si pudieran imaginar dónde y en qué estarían los niños, si no existiera el Projeto Salva Dor. Y lo saben con tal exactitud, porque crecieron allí. Puede que también encuentren ellas mismas un lugar de cuidado y amor en su actividad pedagógica dentro de la comunidad, que les da un sostén interior para su dura lucha por una vida digna.
Abandoné el establecimiento con sentimientos encontrados. Sentimientos de admiración e indignación, de esperanza y de impotencia.
A mi regreso, en Berlín, no me quedó otra opción que comprometerme con este trabajo y esta comunidad y con los 40 niños y niñas y le solicito a Usted que también lo haga.
Desde hace 24 años el Projeto Salva Dor resiste. Resiste a una estructura social que margina a las personas. Es una lucha por los derechos de los niños. Derecho a un entorno seguro, con actividades recreativas, derecho a una vida digna.
Y para ello el proyecto necesita nuestro apoyo. Por ejemplo, hace mucho tiempo que se requiere una renovación del edificio. Cada apoyo se requiere con urgencia y es muy bienvenido. Colabore: realizando un Wow-Day, asumiendo un padrinazgo para un niño o para un grupo, brindando un servicio voluntario o realizando una donación!“
Andrea Naka Marinkovic

